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De Quimeras y Ensoñaciones

Mujer vestida de rojo

Le tenía miedo a la muerte. Era su peor pesadilla.

Todo empezó un día, ese día que vio la muerte, vestida de rojo, danzando en su derredor, pero a él aun no le tocaba su turno en el juego.

No. Había venido a bailar con otro. Navajas bajo luces de neón por una mujer. Gritos en medio de gritos. Figurantes bailando el rito de las pasiones entre bambalinas. Hojas de acero manchadas de rojo carmín – ojalá fuese carmín labial - de rojo bruñido, cual vestido de mi lady, de la muerte que miraba de cerca.
Cobardía e ira, frustración, odio, venas ensanchadas.
Y entre sus brazos sujetó el cuerpo del moribundo apretándolo contra su pecho, mientras unos pasos cobardes, pusilánimes, huían del lugar del homicidio, del hombre que habían matado con una puñalada traicionera que le iba anegando el alma,- los cobardes siempre huyen a esconderse, los amigos se quedan hasta el final, siempre hasta el final-, y él estaba allí, sujetando su cabeza contra su pecho, y…
… La vio acercarse, lenta, con parsimonia, sin prisas, y al llegar a su lado, la mujer de rojo le dio un beso en la mejilla que le heló la cara, le coaguló la sangre en las arterias y le congeló el alma. Después se llevó la vida que él inútilmente sujetaba.
Hubiese deseado en ese instante que su amigo hubiese sido un gato persa para no sentir el rigor mortis entre sus brazos.

Fue el principio de su agonía.
Se despertaba en medio de la madrugada, en medio de un grito de pavor, pálido y sudoroso, cansado, como si hubiese estado batallando contra un ejército de combatientes sedientos de su energía, paralizado. Terminó por no dormir, por caminar en la noche, vagando entre callejuelas frías y oscuras, huyendo de su miedo. ¿Que pasaría si un día no se despertaba? ¿Si volvía a ver a la mujer vestida de rojo?.
Dejarlo todo. Ser nada. Su vida, sus amigos, sus viajes, sus mujeres, su familia, su trabajo, sus aficiones, su realización personal.
Una noche de insomnio, caminante sin rumbo entre soledades nocturnas, y camiones ruidosos de basura, se detuvo ante un sin techo, un vagabundo que dormitaba junto a una botella en el rincón de un portal abierto; una ratita correteaba a sus pies royendo los restos, las migajas de una magdalena desmenuzada junto a..., ¿junto a los pies? ¿o era acaso la cabeza? del periodístico tumbado, si, un señor cubierto de cartones y hojas de periódico, ¿sería posible que fuese mujer? , no, le dijo una vocecita dentro, no es una mujer, y esa vocecita le hablaba así porque una mujer en la calle cubierta de periódicos le hubiese hecho cambiar de actitud. La habría despertado, habría llamado a un taxi, la habría subido a su habitación, la habría dejado dormir en su cama, la habría dejado su casa para ella por esa noche, mientras él continuaba su caminata noctámbula por entre callejones desiertos y a la mañana..., a la mañana, cuando él volviera, ella ya se habría ido, se habría llevado algo de valor o todo, o quizás le hubiese dejado preparado una taza de café en la cocina y un gracias escrito en la servilleta de papel. Nunca lo sabría, porque su Pepito Grillo le decía que era un hombre y viejo… -¿viejo?, ¿no joven?- , sin familia, sin techo.
Y muy ilustrado. Dormía con las últimas noticias del día, bueno, quizá eran noticias viejas, de la semana pasada, pero eran "news" y por tanto, un señor ilustrado atrasado, no atrasado de mente, demente no, ¿o también?. Atrasado ilustrado del mundo.
El hombre que no podía dormir porque le tenía miedo a la muerte, a la mujer de rojo, no quiso pensar que el ilustrado periodístico tumbado del rincón de aquel portal no supiera leer. Pero podría soñar con las fotos en blanco y negro de las portadas que tapizaban sus ojos en los días de más frío,-como el de hoy- con ser presidente de gobierno, ministro, estrella del balompié, ó mujer de bandera del estrellato Hollywood-iense.
La ratita de ciudad al intuir la presencia sonámbula de un aguafiestas en su banquete de restos de magdalena, levantó los ojillos, meneó los bigotes olisqueando el olor a jabón y a colonia del extraño humano entrometido y agarró las de Villadiego, trepando por encima del montón de hojas que cubría el rostro del durmiente, las cuales resbalaron de su cara, mostrándola a la noche y a un sonámbulo con miedo a la muerte, y el roedor desapareció.

Entonces al verle el rostro, el hombre con miedo, corrió, huyó lejos.
La muerte tendría también esa forma. No solo belleza de mujer.

A veces pasaba las largas noches de insomnio comiendo palomitas de maíz regadas con cerveza, delante de un puzzle inmenso de 1.000 piezas del Taj Mahal. O mirando películas en blanco y negro de Joan Fontaine, la mujer con los ojos más increíblemente hermosos que había visto. Esa noche volvió a visualizar Rebeca por enésima vez. Eso eran sus noches en vela, de insomnio, de huida. Huía de la muerte.
El día era normal, miedo a la muerte, pero rodeado de extraños a veces, de amigos otras, ella parecía no querer acercarse y él parecía y aparentaba alejarla de sí con manotazos, como si estuviese apartando moscas atraídas por el dulzón y agradable olor, para ellas, del sudor que le rodaba por la frente, cuando alguien mencionaba la palabra maldita.

Y un día dejó de ver televisión, de leer periódicos, de oír noticias en la radio, su viejo tocadiscos y sus discos de vinilo era lo único descontaminado de la palabra maldita, dejó de salir a la calle por el día.

Dejó de Vivir por miedo a la muerte. Paradójicamente, así fue, así pasó.

Y un día le tocó el turno de tirar los dados, y le salió el seis doble, premio para el caballero, le tocó el premio gordo, la muñeca de la tómbola. Allá apareció la señora vestida de rojo, a la que reconoció al primer vistazo, no había cambiado nada, era la misma imagen de hacía..., uf, hacía décadas, siglos, toda una vida cuando la vio por única y primera vez bajo las luces de neón en un cruce de navajas por una mujer teñido de sangre y muerte y desde entonces había estado huyendo de ella, temiéndola, temblando por los rincones cual flan después de desmoldar sobre la porcelana, ese miedo, ese terror, el pánico inventado e irreal, imaginario, paranoico esquizoide, con el que había estado viviendo…. Reflexionó, la miró a los ojos y rebobinó sus pensamientos…
¡Con el que había estado muriendo!.
Esa era la idea, el miedo con el que había estado muriendo desde que un día, en un instante, la vio ... , ese miedo, ahora que la tenía delante, había desaparecido. Se esfumó como la ratita del vagabundo. La tenía delante y no le tenía miedo. Era libre. Estaba Feliz. La muerte llamando a su puerta y él la recibió sonriendo, vitoreando su victoria, la de él, no la de ella.
La recibió con los brazos abiertos, como se recibe a un amigo, sin miedo, con gozo, sin temblar, con un gesto de complacencia en el rostro, con ojos brillantes, con las cadenas desmembradas en eslabones desunidos, con el muro deshecho en bloques de cemento esparcidos sin argamasa que los uniera. Ya no había cadenas ni muros, ni miedos, se sentía bien a su lado. Libre, por fin libre.

La sirena de una ambulancia rompía el silencio de la noche.

Seguía feliz a su lado, le pidió un baile, estaba preciosa vestida de rojo, tocaban para ellos dos, danzaba con la muerte en medio de la pista central de baile, despacito, agarrados con dulzura, dejándose llevar por la melodía, flotando sobre nubes de algodón dulce.

Y entonces alguien tiró de él con mucha fuerza. Noooooooooooooooooooooo.
Sobre la mesa de operaciones los nervios se hacían patentes, no importaba la costumbre de ver muchas veces a la mujer de rojo llevárselos, pero si vencían a la muerte, habrían triunfado.
Luces, agujas, pantallas, batas verdes, adrenalina, palabras de ánimo, Venga, ya lo tenemos, ya vuelve, parece que recupera el pulso. Sí. Ya bombea.

La mujer de rojo se iba perdiendo entre tinieblas.
No te vayas. No te vayas. Quiero volver a bailar contigo. Ahora que he aprendido a conocerte, a no temerte, quiero estar a tu lado.
Vuelve. Por favor. Ya no te tengo miedo. Creo que te quiero.


Cuando el miedo a la muerte no te deje vivir, la muerte vivirá por ti.

3 comentarios

teteo -

haceme la paja

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te juro que solo escribí uno pero me alegro que hayan aparecido 4 porque si que me ha gustado

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¡Qué bonito!